1929-1932: Capítulo 9. La paradoja de la revolución de Febrero, de la Historia de la Revolución Rusa.
The History of the Russian Revolution fue escrita en ruso en el destierro de Trotsky en la isla de Prinkipo, mar de Mármara, Turquía. Iniciada por él en 1929 -en noviembre Alexandra Ramm recibió la primera sinopsis- y acabada el 29 de junio de 1932, en que envía a Alexandra Ramm el último Apéndice que cerraba el tercer volumen, aparece The History of the Russian Revolution. vols I-III, traducida por Max Eastman, en Londres 1932-33.
Este capítulo del libro de Lev Trostky "Istoria ruscoi revolutsii", está tomado de la edición en español "Historia de la revolución rusa", publicada por SARPE (Madrid) en 1985, utilizando la traducción de Andrés Nin, Lucía Gonzalez y Luis Pastor. Pags. 141-147.
Editado digitalmente para RED VASCA ROJA por Julagaray. Donostia, Gipuzkoa, Euskal Herria. 16 de septiembre de 1997.
Ver comentario de esta obra en nuestra Guía de Lecturas.
El alzamiento triunfó. Pero ¿a quién entregó
el poder arrebatado a la monarquía? Llegamos al problema
central de la revolución de Febrero: ¿Cómo
y por qué fue el poder a parar a manos de la burguesía
liberal?
En los sectores de la Duma y en la "sociedad" burguesa
no se daba importancia a los sucesos iniciados el 23 de febrero.
Los diputados liberales y los periodistas patriotas seguían
reuniéndose en los salones, discutiendo acerca de Trieste
y Flume y afirmando una vez y otra el derecho de Rusia a los Dardanelos.
Había sido firmado ya el decreto de disolución de
la Duma, y una comisión de ésta estaba aún
deliberando urgentemente acerca de la administración municipal.
Menos de doce horas antes de la sublevación de los batallones
de la Guardia, la "Sociedad del apoyo eslavo" escuchaba
tranquilamente el informe anual. "Cuando al salir de dicha
reunión, regresaba a casa a pie -recuerda uno de los diputados-
, me sorprendió el silencio tétrico y la soledad
de las calles, habitualmente animadas." La tétrica
soledad se cernía sobre las viejas clases gobernantes y
oprimía ya el corazón de sus futuros sucesores.
El 26, la gravedad de la situación apareció evidente,
tanto a los ojos del gobierno como de los liberales. En dicho
día se entablan negociaciones entre los ministros y los
miembros de la Duma sobre la posibilidad de establecer un acuerdo,
negociaciones acerca de las cuales los liberales guardaron después
silencio absoluto. En sus declaraciones, Protopopov manifestó
que los dirigentes del bloque de la Duma habían exigido,
como antes, la designación de ministros que merecieran
la confianza general del país: "Es posible que esta
medida calme al pueblo." Pero el día 26 se produjo,
como sabemos, un momento de vacilación en el proceso revolucionario,
y, por breves instantes, el gobierno se sintió más
fuerte. Cuando Rodzianko se presentó en casa de Golitsin
para persuadirle de que presentara la dimisión, el primer
ministro, como respuesta, le señaló una cartera
que estaba sobre la mesa y que contenía el decreto de disolución
de la Duma, con la firma de Nicolás II al pie, pero sin
fecha todavía. Ésta la estampó Golitsin.
¿Cómo pudo decidirse el gobierno a dar semejante paso,
en un momento en que crecía la presión revolucionaria?
La burocracia gobernante se había formado hacía
ya tiempo un criterio acerca del particular. "Es indiferente,
para el movimiento obrero, que formemos bloque o no. Este movimiento
se puede combatir por otros medios, y hasta el Ministerio del
Interior ha salido del paso." En agosto de 1915, Goremikin
se expresaba ya del mismo modo. De otra parte, la burocracia confiaba
en que la Duma, en trance de disolución, no se atrevería
a dar ningún paso audaz. Por esa misma época, al
tratarse de la disolución de la Duma descontenta, el príncipe
Cherbatov, ministro del Interior decía: "Es poco probable
que los elementos de la Duma se decidan a declararse abiertamente
en rebeldía. Al fin y al cabo, la Duma está compuesta
en su inmensa mayoría de cobardes que temen por su pelleja:"
El príncipe no se expresaba de un modo muy definido, pero
sus palabras respondía, substancialmente, a la realidad.
Como se ve, en lucha contra la oposición liberal, la burocracia
creía pisar terreno firme.
El 27 por la mañana, los diputados, alarmados por el cariz
que tomaban los acontecimientos, se reunieron en sesión
ordinaria. La mayoría de ellos se enteraron allí
de que la Duma estaba disuelta. Esto parecíales tanto más
inesperado cuanto que todavía la víspera se habían
celebrado negociaciones amistosas. "Sin embargo -escribe
con orgullo Rodzianko-, la Duma se sometió a la ley, confiando
todavía en encontrar salida a la compleja situación
creada, y no adoptó ninguna decisión en el sentido
de no disolverse y de seguir reunida por la fuerza." Los
diputados celebraron una reunión privada, en la cual se
confesaron unos a otros su impotencia. El liberal moderado Schidlovski
había de recordar, andando el tiempo, no sin cierta malignidad,
la proposición presentada por el kadete de extrema izquierda
Nekrasov, más tarde uno de los adláteres de Kerenski:
"Instaurar una dictadura militar, otorgando plenos poderes
a un general popular." Entretanto, los dirigentes del bloque
progresivo, que no asistían a la reunión privada
de la Duma, emprendían una tentativa práctica de
salvación. Llamaron a Petrogrado al duque Mijail y le propusieron
encargarse de la dictadura, "obligar" al Ministerio
a presentar la dimisión y exigir del zar por hilo directo
que "otorgara" un Ministerio responsable. Al tiempo
que se sublevaban los primeros regimientos de la Guardia, los
jefes de la burguesía liberal hacían la última
tentativa para aplastar la insurrección con la ayuda de
una dictadura dinástica, a la par que pactaban con la monarquía
a costa de la revolución. "La indecisión del
gran duque -se lamenta Rodzianko- contribuyó a que se dejara
pasar el momento propicio."
El socialista sin partido Sujánov, que en dicho período
empieza a desempeñar un cierto papel político en
el palacio de Táurida, atestigua la facilidad con que los
intelectuales radicales creían lo que deseaban: "Me
comunican la noticia política más importante de
la mañana de aquel día inolvidable -cuenta en sus
extensas Memorias-: la promulgación del decreto
disolviendo la Duma, la cual contestó negándose
a disolverse y eligiendo un Comité provisional." ¡Esto
escribe un hombre que apenas salía del palacio de Táurida,
donde se entretenía en tirar de los faldones de la levita
a los diputados conocidos! En su Historia de la Revolución,
Miliukov, corroborando las manifestaciones de Rodzianko, declara
categóricamente: "Después de una serie de discursos
calurosos se tomó la decisión de no alejarse de
Petrogrado y no la de que la Duma "no se disolvería",
como cuenta la leyenda." "No disolverse" hubiera
significado tomar sobre sí, aunque fuera con algún
retraso, la iniciativa de los acontecimientos. "No alejarse
de Petrogrado" significaba lavarse las manos y esperar hasta
ver en qué paraban las cosas. Hay, sin embargo, una circunstancia
atenuante para la credulidad de Sujánov. El rumor de que
la Duma había tomado el acuerdo revolucionario de no someterse
al ukase del zar, lo pusieron en circulación precipitadamente
los periodistas de la Duma en su Boletín de información,
única publicación que, suspendidos los diarios por
la huelga general, veía la luz, y como quiera que la insurrección
triunfó en el transcurso de aquel mismo día, los
diputados no se apresuraron, ni mucho menos, a rectificar el error,
manteniendo la ilusión de sus amigos de izquierdas; sólo
en la emigración se decidieron a restablecer el imperio
de la verdad. El episodio, aunque parece de poca monta, está
lleno de significación. El papel revolucionario de la Duma
el 27 de febrero fue un mito completo, engendrado por la credulidad
política de los intelectuales radicales, jubilosos y asustados
por la revolución, que no creían en la capacidad
de las masas para llevar las cosas hasta el fin, y que aspiraban
a enfeudarse con la mayor rapidez posible a la gran burguesía.
Por fortuna, en las Memorias de los diputados pertenecientes
a la mayoría de la Duma se ha conservado el relato de cómo
ésta acogió la revolución. Según el
príncipe Mansirev, uno de los kadetes de derechas, entre
los numerosos diputados reunidos el día 27 por la mañana,
no figuraban ni los miembros de la mesa ni los jefes de la fracción
ni los dirigentes del bloque progresivo, los cuales estaban ya
enterados de la disolución y del levantamiento y preferían
dejarse ver lo más tarde posible, con tanta mayor razón
cuanto que precisamente en aquellas horas estaban, por lo visto,
sosteniendo negociaciones con el gran duque Mijail acerca de la
dictadura. "En la Duma reinaba una agitación y un
desconcierto generales -dice Mansirev-. Incluso las conversaciones
animadas se interrumpieron, y en su lugar no se oían más
que suspiros y breves réplicas, tales como "¡Dónde
hemos ido a parar!", o se manifestaba el miedo no disimulado
por la propia persona." Así hablaba uno de los diputados
más moderados y que suspiraba con más fuerza que
los otros.
A las dos de la tarde, cuando los jefes se vieron obligados a
comparecer en la Duma, el secretario de la mesa llegó con
esta noticia gozosa, pero infundada: "Los desórdenes
serán pronto sofocados, pues se han tomado medidas."
Es posible que por "medidas" entendieran las negociaciones
entabladas acerca de la dictadura. Pero la Duma estaba abatida
y esperaba oír la palabra decisiva del jefe del bloque
progresista. "No podemos adoptar inmediatamente ninguna medida
-declara Miliukov- porque desconocemos las proporciones tomadas
pro los desórdenes, así como de parte de quién
está la mayoría de las tropas, de los obreros y
de las distintas organizaciones. Lo conveniente es recoger informes
precisos sobre todo esto, para luego examinar la situación,
ahora es aún pronto."
¡A las dos de la tarde del 27 de febrero era todavía
pronto, para los liberales! "Recoger informes" significaba
lavarse las manos y esperar el resultado de la lucha. Pero el
discurso de Miliukov, empezado, dicho sea de paso, con el propósito
de no llegar a ninguna conclusión, es interrumpido por
Kerenski, que, presa de grande agitación, irrumpe en la
sala y anuncia que una inmensa multitud de pueblo y de soldados
se dirigen al palacio de Táurida con la intención
de exigir que la Duma se haga cargo del poder. El diputado radical
sabe perfectamente, por lo visto, lo que viene a pedir la inmensa
multitud. En realidad, es el propio Kerenski quien primero exige
que la Duma tome en sus manos el poder, mientras que ella abriga
aún la esperanza de ver sofocada la insurrección.
La declaración de Kerenski provoca "un desconcierto
general". Sin embargo, aún no ha terminado, cuando
le interrumpe un ujier de la Duma que entra corriendo, azorado;
los primeros soldados han llegado ya al palacio, los centinelas
no les han dejado entrar; el jefe, al parecer, está gravemente
herido. Un minuto después, los soldados han allanado ya
el palacio de la Duma. Más tarde se dirá en artículos
y discursos, que los soldados llegaron para saludar a la Duma
y prestar juramento de fidelidad ante ella. Pero lo cierto es
que los diputados están todos dominados por un pánico
mortal. El agua les llega al cuello. Los jefes cuchichean entre
sí. Hay que ganar tiempo. Rodzianko presenta precipitadamente
la proposición, que le ha sido sugerida de crear un "Comité
provisional". Gritos de aprobación. Pero todos quieren
marcharse a casa lo antes posible, pues no están para votaciones.
El presidente, no menos asustado que los demás, propone
que se confíe la formación del Comité al
Consejo de los decanos de la Cámara. Otra vez gritos de
aprobación de los pocos diputados que quedan en la sala:
la mayoría había tenido ya tiempo de desaparecer.
Así reaccionaba, en los primeros momentos revolucionarios,
la Duma que acababa de ser disuelta por el zar.
Entretanto, en aquel mismo edificio, pero en una dependencia menos
solemne, la revolución se creaba otro órgano. Los
caudillos revolucionarios no tuvieron que inventarlo. La experiencia
de los soviets de 1905 se había infundido para siempre
en la conciencia de los obreros. A cada impulso del movimiento,
e incluso en plena guerra, resucitaba casi automáticamente
la idea del soviet, y aunque las ideas forjadas respecto a la
misión de los soviets diferían profundamente en
los bolcheviques y en los mecheviques -los socialrevolucionarios
no tenían, en general, ideas firmes acerca de nada-, diríase
que la forma misma de organización se hallaba por encima
de toda discusión. Los mencheviques, miembros del Comité
industrial de guerra, sacados de la cárcel por la revolución,
se encontraban en el palacio de Táurida con los militares
del movimiento sindical y cooperativo, pertenecientes así
mismo al ala derecha, y con los diputados mecnheviques de la Duma
Cheidse y Skobelev, y crearon inmediatamente el "Comité
ejecutivo provisional del Soviet de los diputados y obreros",
que en el transcurso de aquel mismo día fue integrado principalmente
con ex-revolucionarios que habían perdido el contacto con
las masas, pero que conservaban el "nombre". El Comité
ejecutivo, del cual formaban parte asimismo bolcheviques, incitó
a los obreros a elegir inmediatamente diputados. La primera reunión
fue convocada para aquella misma noche en el palacio de Táurida
y se celebró, efectivamente, a las nueve. Esta reunión
sancionó la composición del Comité ejecutivo,
completándolo con representaciones oficiales de todos los
partidos socialistas. Pero no consistía en esto, ni mucho
menos, la importancia de la primera reunión de los representantes
del proletariado triunfante de la capital. En la reunión
pronunciaron palabras de salutación los delgados de los
regimientos sublevados. Entre ellos había soldados completamente
grises, contusionados, por decirlo así, por la insurrección
y que se expresaban aún con dificultad. Pero eran precisamente
ellos los que encontraban las palabras justas que ningún
tribuno habría sabido encontrar. Fue una de las escenas
más patéticas de la revolución, que empezaba
a sentirse fuerte y a tener conciencia de la infinidad de las
masas que había despertado a la vida, de la grandiosidad
de su misión, el orgullo de los éxitos logrados,
la emoción gozosa ante el día de mañana,
que había de ser aún más radiante que el
de hoy. La revolución no tiene aún su ritual, en
las calles flota el humo de los disparos, las masas no han aprendido
las nuevas canciones, la rebelión transcurre sin orden,
sin causa, como un río desbordado; el soviet se ahoga en
su propio entusiasmo. La revolución es ya poderosa, pero
adolece todavía de una ingenuidad infantil.
En esta primera reunión decidióse unir a la guarnición
con los obreros en un soviet común de diputados obreros
y soldados. ¿Quién fue el primero que formuló
esta proposición? Surgida, sin duda, de distintas partes,
o más bien de todas, como un eco de la fraternización
de los obreros y soldados, que en este día había
decidido en la calle la suerte de la revolución. Sin embargo,
no se puede dejar de señalar que, según Schliapnikov,
en un principio los socialpatriotas se opusieron a la incorporación
del ejército en la política. Desde el momento de
su aparición, el Soviet, personificado por el Comité
ejecutivo, empieza a obrar como poder. Elige una Comisión
provisional de subsistencias, a la cual confía la misión
de preocuparse de los insurrectos y de la guarnición en
general, y organiza un estado mayor revolucionario provisional
-en estos días, todo se llama provisional-, al cual nos
hemos referido ya más arriba. Para evitar que sigan a disposición
de los funcionarios del antiguo régimen los recursos financieros,
el Soviet decide ocupar inmediatamente con destacamentos revolucionarios
el Banco de Estado, la Tesorería, la fábrica de
moneda y la emisión de papeles del Estado. Los fines y
las funciones del Soviet crecen constantemente bajo la presión
de las masas. La revolución tiene ya su centro indiscutible.
En lo sucesivo, los obreros y los soldados, y no tardando, los
campesinos, sólo se dirigirán al Soviet: a sus ojos,
el Soviet se convierte en el punto de concentración de
todas las esperanzas y de todos los poderes, en el eje de la revolución
misma. Y hasta los representantes de las clases poseedoras buscarán
en el Soviet, aunque sea rechinando los dientes, defensa, instrucciones
y solución para sus conflictos.
Sin embargo, ya en esas primeras horas de la victoria, cuando
con una rapidez fabulosa y una fuerza irresistible se estaba gestando
el nuevo poder de la revolución, los socialistas que estaban
al frente del Soviet buscaban, alarmados, a su alrededor al "amo"
verdadero. Estos socialistas consideraban como cosa natural que
el poder pasar a manos de la burguesía, y aquí se
forma el principal nudo político del nuevo régimen:
uno de sus hilos conduce al cuarto en que está instalado
el Comité ejecutivo de los obreros y soldados; el otro,
al local en que reside el centro de los partidos burgueses.
A las tres de la tarde, cuando la victoria en la capital no ofrecía
ya la menor duda, el Consejo de los decanos de la Duma eligió
un "Comité provisional de miembros de la Duma",
compuesto por representantes de los partidos del bloque progresivo,
a los que se suman Cheidse y Kerenski. El primero se negó
a aceptar; el segundo vacilaba. El título indicaba prudentemente
que no se trataba de un órgano oficial de la Duma del Estado,
sino de un órgano particular de los miembros de la Duma.
A los jefes del bloque progresista no les preocupaba más
que una cosa: ponerse a salvo de toda responsabilidad, no atándose
de pies y manos. El objetivo del Comité estaba definido
con buscada ambigüedad: "Restablecimiento del orden
y relaciones con las instituciones y las personas". Ni una
palabra acerca del orden que estos caballeros pensaban restablecer
ni acerca de las instituciones con las cuales se disponían
a ponerse en relación. Ni se atreven a tender aún
la mano hacia la piel del oso, porque ¿y si no está
muerto, sino sólo gravemente herido? Hasta las once de
la noche del 27 de febrero, cuando, según reconoce Miliukov,
"se vieron claramente las proporciones tomadas por el movimiento
revolucionario, el comité provisional no decidió
dar otro paso al frente y hacerse cargo del poder, caído
en el regazo del gobierno". Imperceptiblemente, el nuevo
órgano, que era un Comité de miembros de la Duma,
se convirtió en Comité de esta última; para
conservar la continuidad del Estado y del orden jurídico
nada mejor que la falsificación. Pero Milliukov guardaba
silencio acerca del punto principal: Los jefes del Comité
ejecutivo, creado durante aquel día, se habían presentado
al Comité provisional con el fin de exigir de éste
con insistencia que tomara en sus manos el poder. Esta presión
amistosa produjo su efecto,. Posteriormente, Miliukov explica
la decisión tomada por el Comité de la Duma, revocando
el hecho de que, según él, el gobierno se disponía
a mandar tropas adictas contra los revolucionarios "y se
corría el peligro de que se entablaran verdaderos combates
en las calles de la capital". En realidad, no disponían
absolutamente de ningún cuerpo de tropa y la revolución
era ya un hecho consumado. Rodzianko había de decir más
tarde que, caso de que hubiera renunciado al poder, "la Duma
habría sido detenida y sus miembros asesinados por los
soldados sublevados y el poder habría caído en manos
de los bolcheviques". Esto, naturalmente, es una absurda
exageración muy propia del honorable chambelán,
pero refleja de un modo inmejorable el estado de espíritu
de la Duma, la cual consideraba como un acto de violación
política el hecho de que se le entregara el poder.
En estas circunstancias no era fácil tomar una decisión.
De un modo particularmente tumultuoso vacilaba Rodzianko, que
no se cansaba de preguntar a los demás: "¿Será
esto una rebeldía, o no lo será?" El diputado
monárquico Chulguin le contestó, según él
mismo nos cuenta: "No hay en ello ni sombra de rebeldía;
acepte usted como súbdito fiel del zar... Si los ministros
se han fugado, alguien tiene que reemplazarles. Caben dos soluciones:
o todo se arregla, o no se arregla, y si nosotros no tomamos el
poder, lo tomarán otros, lo mismo que esos canallas de
las fábricas han elegido ya..." No hay por qué
hacer mucho caso de las groseras calificaciones que este gentleman
reaccionario aplica a los obreros: la revolución había
dado un fuerte pisotón en los pies de estos caballeros.
La moraleja es clara: si triunfa la monarquía, estaremos
a su lado; si triunfa la revolución, procuraremos escamotearla.
La reunión duró largo rato. Los jefes democráticos
esperaban anhelosos los acuerdos. Por fin, Miliukov salió
del despacho de Rodzianko, y acercándose con solemne continente
a la delegación soviética, declaró: "Hemos
llegado a un acuerdo. Somos nosotros quienes tomamos el poder"...
"No pregunté a quién se refería al decir
nosotros -recuerda Sujánov con entusiasmo-; no quise
preguntar nada más. Pero sentí con todo mi ser,
por decirlo así, la nueva situación. Tuve la sensación
de que la nave de la revolución, empujada en aquellas horas
de tormenta a merced de los elementos, izaba la vela, y adquiría
estabilidad y equilibrio sobre el agitado oleaje." ¡Qué
forma más amanerada de expresarse, para acabar reconociendo
prosaicamente la dependencia servil en que se hallaba la democracia
pequeño burguesa respecto al liberalismo capitalista! ¡Y
qué error tan fatal de perspectiva política! La
entrega del poder a los liberales no sólo no prestará
estabilidad a la "nave" del Estado, sino que, lejos
de eso, se convertirá desde este mismo día en la
raíz y fuente de la ausencia de poder de la revolución,
en la causa mayor de los caos de la exasperación de las
masas, del desmoronamiento del frente primero y, luego, de una
guerra civil extrema y desesperada.
Si tendemos la vista por los siglos pasados, el tránsito
del poder a manos de la burguesía se nos aparecerá
como sujeto a determinadas leyes. En todas las revoluciones precedentes
se habían batido en las barricadas los obreros, los artesanos,
a veces los estudiantes y los soldados revolucionarios. Después
de lo cual, se hacía cargo del poder la respetable burguesía
que había estado prudentemente mirando la revolución
por los cristales de su ventana, mientras los demás luchaban.
Pero la revolución de Febrero de 1917 se distinguía
de todas las que la habían precedido por el nivel político
de la clase obrera y por el carácter social incomparablemente
más elevado, por un recelo hostil de los revolucionarios
hacia la burguesía liberal y como consecuencia de la creación
de todo esto en el momento mismo del triunfo, de un nuevo órgano
del poder revolucionario: el Soviet, apoyado en la fuerza armada
de las masas. En estas condiciones, el paso del poder a manos
de una burguesía políticamente aislada y desarmada
exige una explicación.
Ante todo, conviene examinar más de cerca la correlación
de fuerzas que se formó como resultado de la revolución.
¿Es que la democracia soviética se vio obligada por
la situación? Ésta no lo creía así.
Ya hemos visto que, lejos de esperar el poder de la revolución,
veía en ella un peligro mortal para su situación
social de clase. "Los partidos moderados no sólo no
deseaban la revolución -dice Rodzianko-, sino que sencillamente
la temían. Principalmente, el partido de la Libertad Popular
(los kadetes), por el hecho de hallarse en el ala izquierda de
los grupos moderados y de tener por ello más puntos de
contacto con los partidos revolucionarios del país, estaba
más preocupado que ningún otro por la catástrofe
que se avecinaba." La experiencia de 1905 les decía
con harta elocuencia a los liberales que el triunfo de los obreros
y campesinos podía ser tan peligroso para la burguesía
como para el zarismo. El desarrollo de la insurrección
de febrero no hacía más que confirmar estas previsiones.
Por vagas que fueran, en muchos sentidos, las ideas políticas
de las masas revolucionarias por aquellos días, la línea
fronteriza entre los trabajadores y la burguesía se delineaba,
desde luego, de un modo enérgico que no admitía
confusiones.
El profesor Stankievich, afín a los círculos liberales
y amigo y no adversario del bloque progresista, caracteriza con
los siguientes rasgos el estado de espíritu reinante en
los medios liberales al día siguiente de la revolución,
que no habían podido evitar: "Oficialmente se mostraban
entusiasmados, ensalzaban la revolución, vitoreaban a los
combatientes por la libertad, se adornaban con cintas coloradas
y marchaban bajo las banderas rojas... Pero en el fondo de su
alma, en las conversaciones articulares, se horrorizaban, se estremecían
y se sentían prisioneros de aquella fuerza elemental hostil
que seguía caminos ignorados. No olvidaré nunca
la figura voluminosa y respetable de Rodzianko, cuando, con porte
de dignidad majestuosa, pero con una expresión de una profunda
desesperación y sufrimiento en su pálido rostro,
pasaba entre la multitud de soldados que, en actitud desembarazada,
invadía los corredores del palacio de Táurida. Oficialmente
se proclamaba que "los soldados han venido a apoyar a la
Duma en su lucha contra el gobierno"; pero, de hecho, la
duma dejó de existir ya desde los primeros días.
El mismo rictus podía observarse en el semblante de todos
los miembros del Comité provisional de la Duma y de los
círculos allegados a él. Se dice que los representantes
del bloque progresista, al llegar a sus casas, lloraban histéricamente
de impotente desesperación." Este testimonio vivo
es de más valor que cuantas investigaciones sociológicas
pudieran hacerse para establecer la proporción de fuerzas
después de la revolución. Según él
mismo nos cuenta, Rodzianko se hallaba estremecido de indignación
impotente al ver cómo unos soldados cualesquiera, "obedeciendo
órdenes no se sabe de quién", procedían
a la detención de los funcionarios del viejo régimen
en calidad de presos de la Duma. El buen chambelán se veía
convertido en una especie de carcelero de unos hombres de quienes,
naturalmente, le separaban ciertas diferencias, pero que, a pesar
de todo, eran gentes de su categoría. Asombrado ante tamaña
"arbitrariedad", Rodzianko invitó al detenido
Scheglovitov a entrar en su despacho; pero los soldados se negaron
en redondo a entregarle el odiado funcionario: "Cuando intenté
poner de manifiesto mi autoridad -cuenta Rodzianko-, los soldados
formaron un estrecho círculo alrededor de los prisioneros,
y, con el aspecto más provocativo e insolente, me enseñaron
sus fusiles, después de lo cual Scheglovitov, sin que fuera
objeto de acusación alguna, fue conducido no sé
adónde." ¿Cabe confirmación más
elocuente de las palabras de Stankievich, según las cuales
los regimientos que se decía que se habían prestado
para apoyar a la duma, en realidad la habían suprimido?
El poder estuvo en manos del Soviet desde el primer momento. Los
que menos podían hacerse ilusiones sobre el particular
eran los miembros de la Duma. el diputado octubrista Schildlovski,
uno de los directores del bloque progresista, recuerda: "El
Soviet se apoderó de todas las oficinas de Correos y Telégrafos
y de Radio, de todas las estaciones de ferrocarril, de todas las
imprentas, de modo que, sin autorización, era imposible
cursar un telegrama, salir de Petrogrado o escribir un manifiesto."
A esta síntesis inequívoca del balance de fuerzas
pos-revolucionarias conviene hacer, sin embargo, una aclaración:
el hecho de que el Soviet se hubiera "apoderado" del
telégrafo, de los ferrocarriles, de las imprentas debe
entenderse en el sentido de que los obreros y empleados de esas
empresas no querían someterse más que al Soviet.
No podíamos hallar mejor ilustración a las lamentaciones
de Schidlovski que el episodio que se produjo en el momento en
que las negociaciones entabladas acerca del poder entre jefes
de la Duma y el Soviet se hallaban en su apogeo. La reunión
viose interrumpida por el aviso urgente de que Pskov, donde se
halla detenido el zar después de vagar por diversas líneas
ferroviarias, llamaba a Rodzianko al hilo directo. El todopoderoso
presidente de la Duma declaró que se negaba a ir solo al
teléfono. "Que los señores diputados obreros
y soldados me den escolta o vayan conmigo, pues de lo contrario
en Telégrafos me detendrán. ¡Qué queréis
-prosiguió todo agitado-, tenéis la fuerza y el
poder! Naturalmente podéis detenerme... Acaso nos detengáis
a todos. ¡Quién sabe...! Esto ocurría el primero
de marzo, cuando no hacía dos días que el poder
había sido "tomado" por el Comité provisional,
a la cabeza del cual se hallaba Rodzianko.
¿Cómo, a pesar de esta situación, los liberales
se vieron en el poder? ¿Quién les dio, y cómo,
atribuciones para formar un gobierno fruto de una revolución
que temían, contra la cual se resistían, que habían
intentado sofocar, que había sido llevada a cabo por masas
que les eran adversas, y, por añadidura, con una decisión
y una audacia tales que el Soviet de los obreros y soldados, surgido
de la insurrección, era, a los ojos de todo el mundo, el
amo indiscutible de la situación?
Veamos lo que dice la otra parte, la que cedió el poder:
"El pueblo no se sentía atraído por la Duma
-dice Sujánov, hablando de las jornadas de Febrero-, no
se interesaba por ella y no pensaba en convertirla, ni política
ni técnicamente, en el eje del movimiento." Esta confesión
es tanto más peregrina cuanto que su autor ha de consagrar
todos los esfuerzos, en las horas que siguen, a la entrega del
poder al Comité de la Duma del Estado: "Miliukov sabía
perfectamente -dice más adelante Sujánov, hablando
de las negociaciones del 1 de marzo- que dependía por entero
del Comité ejecutivo el que se cediera o no el poder a
un gobierno de la burguesía." ¿Cabe expresarse
de un modo más categórico? ¿Puede ser más
clara la situación política? Y sin embargo, Sujánov,
en flagrante contradicción con los hechos y consigo mismo,
dice a renglón seguido: "El poder que recoja la herencia
del zarismo no puede ser más que burgués... Hay
que orientarse en este sentido. De otro modo, no se conseguirá
nada, y la revolución se verá perdida." ¡La
revolución se verá perdida sin Rodzianko!
Aquí el problema de la correlación viva de las fuerzas
sociales se ve suplantado ya por un esquema apriorístico
y por una terminología escolástica: estamos ya de
lleno dentro del campo del doctrinarismo intelectual. Pero, como
veremos más adelante, este doctrinarismo no era platónico
ni mucho menos, sino que cumplía una función política,
completamente real, aunque caminase con los ojos vendados.
No se crea que citamos al azar a Sujánov. En este primer
período, el inspirador del Comité ejecutivo no era
su presidente, Cheidse, un provinciano honrado y de cortos alcances,
sino precisamente Sujánov, la persona menos indicada del
mundo, en general, para dirigir un movimiento revolucionario.
Seminarodniki, semimarxista, más bien observador concienzudo
que político, más periodista que revolucionario,
más razonador que periodista, sólo era capaz de
hacer frente a la concepción revolucionaria hasta el momento
en que fuese preciso transformarla ya en acción. Internacionalista
pasivo durante la guerra, decretó desde el primer día
de la revolución que era necesario endosar el poder y la
guerra a la burguesía lo antes posible. Teóricamente
-es decir, en cuanto a talento, por lo menos para atar cabos-
estaba por encima de todos los vocales del Comité ejecutivo
de aquel entonces. Pero su fuerza principal consistía en
traducir al lenguaje doctrinario los rasgos orgánicos de
aquel grupo, a la par heterogéneo y homogéneo: desconfianza
en las propias fuerzas, miedo ante la masa y actitud de altivo
respeto frente a la burguesía. Lenin decía que Sujánov
era uno de los mejores representantes de la pequeña burguesía.
Es lo más lisonjero que se puede decir de él.
No hay que olvidar, además, que se trata, ante todo, de
una pequeña burguesía de nuevo tipo, de tipo capitalista,
de empleados industriales, comerciales y bancarios, de funcionarios
del capital de una parte y de burocracia obrera por otra; es decir,
de ese nuevo tercer Estado en aras del cual el socialdemócrata
alemán Eduard Bernstein, sobradamente conocido, hubo de
emprender, a fines del siglo pasado, la revisión del sistema
revolucionario de Marx. Para poder dar una respuesta a la pregunta
de cómo la revolución de los obreros y campesinos
cedió el poder a la burguesía, hay que empalmar
a la cadena política un eslabón intermedio: los
demócratas y socialistas pequeño burgueses del tipo
de Sujánov, los periodistas y políticos de la nueva
clase media que enseñaron a las masas que la burguesía
era el enemigo. La contradicción entre el carácter
de la revolución y el del poder que surgió de ella
se explica por las peculiaridades contradictorias del nuevo sector
pequeño burgués, situado entre las masas revolucionarias
y la burguesía capitalista. En el curso de los acontecimientos
posteriores, el papel político de esta democracia pequeño
burguesa de nuevo tipo se nos revelará de cuerpo entero.
Por ahora, limitémonos a algunas palabras.